domingo, 21 de agosto de 2016

Todo el año será carnaval (IV): la revista «La Luna de Madrid» y la construccion de un discurso posmoderno

... Sin embargo, hemos de volver a ese segundo número en el que se nos avisa del caos y el desorden para darnos cuenta de que, en cierto modo, se trata más de una llamada a invertir los papeles atribuidos socialmente que de una descripción fidedigna de lo social. Se trata de provocar a la realidad. Ir a la tercera parte



De nuevo el discurso se disfraza, esta vez adoptando formas panfletarias y una crítica a la sociedad cosificada que espera una reacción en el auditorio y José Tono Martínez resuelve al afirmar, tras una breve exposición del discurso del poder como el discurso de la masificación, que «en un contexto de caos se amenaza con el propio caos. Nadie se cree nada y la diversidad se impone de por sí. Nos enfrentamos a una suerte de anarquía vivencial no prevista por los teóricos de la Sociología».

Quizás sea algo exagerado, aún cuando en esa sociedad ya no podía vivirse sino a través de una aceleración social que la colocara de nuevo en la historia, ante la (pos)modernidad, con la voluntad de adoptar en el entramado social todo aquello que en el régimen franquista había sido ocultado, vetado o cuarteado, y superarlo con la aparición de nuevas formas culturales. Javier Sádaba, por su parte, le dará otra vuelta de tuerca a la polémica de la posmodernidad en «La descaotización del caos», artículo que plantea el caos posmoderno como el lugar de las promesas ilusorias, la desorientación y el desasoiego. Pero lo que en diciembre había sido calificado por invocación del caos y el desorden, en enero de 1984, con el siguiente número, la consigna impresa en la portada establece una fuga de la realidad generalizada.

De la posmodernidad al caos, del desorden y la carnavalización de lo social a la fuga de la realidad. Bajo este último título se recogen artículos de Juan Cueto, Luis Racionero, Lluis Fernández, Guillermo Tonsky y Jorge Lozano. Es la puesta en duda del propio concepto de realidad. Mientras Luis Racionero avisa de que la realidad es una convención y que para definirla se actúa desde un consenso subjetivo, el cual ha de ser cambiado por un nuevo paradigma más amplio, contradictorio y ambiguo que la realidad clásica aristotélica, Juan Cueto plantea que el problema no reside tanto en saber huir de la realidad como en conocer dónde anida:

«El llamado principio de realidad hace ya tiempo que no mantiene tratos íntimos con lo político, lo social, lo ideológico, lo económico, la historia o la cultura... También la realidad, contagiada por el furor evasivo, ha desertado de los conocidos escenarios donde tradicionalmente se representaba la sesión continua de lo real» (Juan Cueto, «Huir de la fuga», La Luna de Madrid, nº 3, enero 1984, pag. 6)



Es el descreimiento llevado a la conjetura, una variante de la posmodernidad que sustituirá realidad por simulacro, escenarios sociales por simulación o la verdad por la multiplicidad de discursos. Jorge Lozano, en otro artículo publicado en ese mismo número, lo asocia a otro postulado posmoderno según el cual la realidad no es un dato previo, independiente de una interpretación intencionada: la realidad se construye. Esa cuestión será ampliada por Lozano en el número 13 de la revista para especificar que se trata de una construcción que termina creando simulacros, una estética de la repetición y una estética de la desaparición (de la unicidad y de lo original).

Esa máxima, que vendría de la filosofía social de Jean Baudrillard y había sido divulgada en España con un reconocimiento más que aceptable por parte de algunos intelectuales de nuevo cuño, fue la pauta conceptual del posmodernismo en un momento en que las vanguardias históricas ya habían sido relegadas y los fenómenos mediáticos habían empezado a entrar en juego no sólo como disfrute masificado sino también como generadores de realidad. La fuga de la realidad, en la polémica sobre la posmodernidad planteada por La Luna de Madrid, se consuma en la simulación como realidad:

«Si como se sabe de todas las ilusiones la más obsoleta consiste en pensar que no existe más que una realidad, la simulación desbarata tal creencia. Inútil, pues, pensar en los simulacros como algo que altera, distorsiona, copia o falsifica una realidad original, auténtica, única. Lo dice el diccionario: simular es representar una cosa fingiendo o imitando lo que no es. El simulacro, por tanto, no es una imagen que reproduce el prototipo externo, sino algo que disuelve el original... No cabe original al que copiar. La copia ya es original.» (Jorge Lozano, «Al principio fue la simulación», La Luna de Madrid, nº 13, diciembre 1984, pag. 8)

Podría decirse que Lozano y otros intelectuales actúan bajo el mismo influjo que exponen, la posmodernidad, pues su pensamiento y discurso no deja de ser una reproducción, una copia literal, del pensamiento posmodernista francés. Las reiteraciones del discurso posmodernista a lo largo de toda la década de los 80 y parte de la siguiente llega a imprimir la sensación de que la cultura ya sólo puede verse como simulacro, pero esa nueva intelectualidad dispuesta a sacarle partido al escepticismo legitima cualquier salida, incluso cualquier huida, la fuga de la realidad. Guillermo Tonsky, colaborador habitual de la revista, lo asocia a la expresión de una disidencia, para a continuación añadir que «tal vez la gran diferencia de esta filosofía pret-a-porter respecto a sus primas de corte clásico sea que, después de cuatro o cinco milenios de bla-bla-bla, ya no podemos creer nada»

 
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