miércoles, 26 de octubre de 2016

Todo el año será carnaval (V): la revista «La Luna de Madrid» y la construccion de un discurso posmoderno

... Las reiteraciones del discurso posmodernista a lo largo de toda la década de los 80 y parte de la siguiente llega a imprimir la sensación de que la cultura ya sólo puede verse como simulacro, pero esa nueva intelectualidad dispuesta a sacarle partido al escepticismo legitima cualquier salida, incluso cualquier huida, la fuga de la realidad. Ir a la cuarta parte



Desconocemos si esa fuga de la realidad y descreimiento generalizado es lo que llevaría a la redacción de la revista a confeccionar un número del todo inaudito en la prensa española, y casi habría que decir en la prensa internacional: el número 8 (junio 1984) se publicó como un falso ejemplar, hipotéticamente editado en 1987 como el número 44, donde todas las noticias y contenidos son inventados. El título general que se había elegido para poner en portada, «Al pillaje sin escrúpulos», bien pudiera responder a las consecuencias de una huida de la realidad ya definitiva. Un número que ejemplifica la teoría del simulacro y la simulación.

La referencialidad a la realidad queda en él abolida. La única posibilidad es la copia de algo que no ha sucedido. Es la irrefutable paradoja de «Volver a donde nunca hemos estado», o al menos así titula Jorge Marcel (¿pseudónimo, nombre igual de falso que el resto de los textos?) un artículo en el que se hace notar que «la vieja y blanda fórmula de la evasión (escape hacia lo irreal por medio del embotamiento, el autoengaño o el ensueño) ha sido arrinconada en beneficio de una nueva autenticidad. Un nuevo compromiso que ya no tiene como motor lo social con su desgastado paternalismo, sino lo individual, lo propio, lo que es así porque lo creo yo».

Ese radicalismo que les hace diseñar un número falso, en plena polémica de la posmodernidad, muestra toda su ironía cuando la revista notifica la hipotética evolución de los grupos musicales de la movida madrileña, situados en un 1987 igual de falso; o una crudeza detallada con la crónica escrita por Ramón Mayrata (colaborador habitual de La Luna), también falsa, que describe una guerra en Aluche propiciada por el control de los accesos a Madrid, crónica en la que aparecen incluso fotografías (escenificadas) de un fusilamiento y cadáveres tendidos en un descampado. Sin duda, una manera arriesgada (y sin ningún tipo de complejo intelectual) de plantear la polémica de la posmodernidad, más aún teniendo en cuenta que una publicación como la Revista de Occidente, con un enorme bagaje intelectual, filosófico y cultural, no la trató en sus páginas hasta dos años después, en noviembre de 1986.

Lo hará de un modo más riguroso y profundo que La Luna de Madrid, pero ésta acogerá un modelo discursivo más inmediato y espontáneo, ejerciendo la función de agente provocador dirigido a la calle, al contexto y al auditorio. Así llegará el número 16 bajo el título de «El Estado de las cosas», en el cual Borja Casani escribe un editorial que resume el dietario de la revista durante su primer año y medio de existencia.

«Nos propusimos interpretar lo que ocurría, intuyendo la existencia de un inmenso espacio vacío entre la realidad de una calle y su plasmación en unos medios de comunicación prepotentemente convencidos de ser los únicos generadores de realidad, con la urgencia que supone ser conscientes de que la transformación de las cosas es espectáculo es lo que las hace funcionar. La propuesta de esta vieja simulación, basada en la idea de que las modas son una pasión colectiva que no tiene en cuenta ninguna perspectiva histórica, nos lanzó al terreno de la agitación, en su acepción más coctelera, de un mundo, el del arte y la cultura, que permanecía dulcemente dormido en sus compartimentos estancos. Todo vale, decíamos entonces en un Madrid en ruina» (Borja Casani, «El Estado de las cosas», La Luna de Madrid, nº 16, marzo 1985, pag. 5.)



El propio contexto de la movida madrileña ya había asumido como propio la realización de ese programa, una proclama socio-cultural que La Luna de Madrid dotaría de mayor entidad con sólo nombrarla, escribirla como una verdad impresa aun cuando su discurso no dejara de disfrazarse. No obstante, estamos en 1985. La actitud sobre los hechos culturales (y sus prácticas) no es la misma que en aquel otro momento de finales de los 70 y principios de los años 80 en que muchas cosas todavía estaban por construir. Incluso en 1983 y 1984, cuando aparece la revista, todavía persiste una espontaneidad creadora que no había asumido del todo su papel en la sociedad de consumo.

Es cierto que la etapa underground ya había sido superada, pero hasta 1985 el carácter relacional de las tramas y su imbricación en el contexto mantenían una ligazón que permitiría, a pesar de su heterogeneidad, definir un ámbito determinado de cambio sociocultural. Cuando Casani escribe ese editorial, el juego cultural ya es otro, el posmodernismo ha dejado su impronta fragmentaria y el maximalismo de lemas escritos en sus páginas, tales como la vanguardia es el mercado, se van consolidando como una realidad factible: «Todo el mundo sabe ya que es imposible la marginalidad. Lo que no se publicita no existe». La consecuencia sería un modo de supervivencia (cultural) que sólo se haría realizable en los medios de comunicación y, habría que añadir, en la sociedad de consumo. Así lo explicita Casani: «La respuesta al sistema pertenece al propio sistema y fuera del sistema no se observa otra cosa que el infinito y el desalentador desierto de la indiferencia»

Paradójicamente y sin pretenderlo, la revista también había contribuido a ese modo de supervivencia cuando su función de hacer visible el propio contexto de la movida ya había sido colmada, quizás porque ya no podía dar más de sí. Evidentemente, la revista continuaría su transcurso editorial durante mucho más tiempo, sin embargo Casani ya sospecha que algo está llegando a su fin. Cuatro números después de ese editorial, en el número de julio-agosto de 1985, se producirá la fisura en la revista y la escisión de su equipo dirigente. En ese mismo periodo desaparece La Edad de Oro y la sala de conciertos Rock Ola, que había aglutinado todo el ambiente musical de la época (movida madrileña y referentes internacionales) y a las tribus urbanas en un mismo espacio de identidad juvenil. Un momento crítico que Casani describiría desde los parámetros conceptuales del posmodernismo:

«La simulación produce monstruos, pero no produce mitos. La información y la publicidad tienen un poder tan fantástico que rebotan, convirtiendo al sujeto en un objeto manufacturado de usar y tirar... La obsesión por conseguir grandes audiencias envilece el producto y lo convierte en uno más dentro de una superabundante oferta» (Borja Casani, «El estado de las cosas», La Luna de Madrid, nº 16, marzo 1985, pag. 5.)

El director de la revista mantiene en este punto una actitud crítica. Si en periodos precedentes la ceremonia de la confusión promulgada como un estandarte del cambio cultural había permitido sacar a la superficie del escenario social todo tipo de planteamientos, prácticas culturales y productos que iban a incidir sobre una pretendida superación de la modernidad y, a través de esas nuevas prácticas, exponer las dimensiones reales del cambio, en 1985, los resultados no son los esperados: se produce un desvanecimiento de la cultura ante su absorción en el entramado institucional y político. Según Casani, una fase de esa historia ha terminado: «el tiempo del lanzamiento indiscriminado de ofertas al mercado, la confusión deliberada, el hipercinismo deliberado», del mismo modo que esa ceremonia de la confusión, según manifiesta, había servido «para integrar obras y personajes que jamás hubieran dispuesto de esa oportunidad en otro contexto».

Aun así, La Luna de Madrid continúa desarrollando su particular visión del contexto, una revista fundamental tanto para profundizar en el debate de la posmodernidad de principios de los 80 como en la integración de la juventud en los procesos culturales y en el consumo del arte.

 
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