El mar no interrumpe nada. Sigue su propia mecánica, sin más objeción que la que podría amontonarse en los ojos. En uno de mis libros preferidos* la evocación del mar funciona también como un reconocimiento tácito de un estado de cultura prominente, rico en esfuerzo y voluntad, tantas veces dibujado en los mapas. El mar ni siquiera exige esgrimir una certeza duradera, pues el oleaje lo impide, y lo advierte cuando en la costa, en las desembocaduras, el agua se arremolina hacia una dirección que, desde lo humano, podría mostrase aún más incomprensible. No es fácil adivinar esa imagen, pero sucumbimos a su caudal. Todo el mundo intenta llegar hasta el mar.



* Al aproximarse al Mediterráneo, elegimos ante todo un punto de partida: una costa o una escena, un puerto o un suceso, un periplo o un cuento. Luego, ya no importa tanto de dónde hayamos salido, cuenta más hasta dónde hemos llegado, qué hemos visto y cómo lo hemos visto. A veces, todos los mares parecen iguales, sobre todo cuando la travesía es larga. A veces, cada mar es diferente.

Fragmento inicial de Predrag Matvejevic, Breviario Mediterráneo, Anagrama, 1991 (ed. original 1987)


miércoles, 22 de julio de 2009

liberalizando la cultura


Llegados a este punto, cuando internet ya ha sobrepasado cotas que apenas hace un quinquenio hubieran sido más que impensables, se ha de replantear el concepto de cultura en cuanto que acto de participación y colaboración. Los viejos dinteles parecen ya inservibles en un mundo en que la propagación de los contenidos ha procedido por imposición testamentaria del stablishment bien posicionado o la high culture. Una prueba de ello es el Periodismo 2.0 o el periodismo cívico. Los papeles de los rotativos más importantes del mundo ya no tienen la potestad sobre las noticias, a pesar de que cualquiera podría intuir que el mundo es creado entre otras cosas a partir de los titulares diarios que se agolpan en los televisores y demás medios. El ciudadano ha empezado a recrearlo por sí mismo en la medida en que ostenta la posibilidad de actuar sobre lo noticiable.

Ese universo de sentido ha sido deslocalizado en favor de una nueva entidad trabajada sobre lo que el soporte-web ha ido desarrollando por medio del 2.0. Hoy sabemos que el engranaje está siendo superado por la realidad aumentada y el internet de las cosas, y quizá el auge de las redes sociales sea el ultimo bastión de lo que hoy somos capaces de reconocer en internet. Nadie duda de que los próximos años serán excitantes respecto a todo aquello que la web ha de depararnos. Pero esos cambios soportan al mismo tiempo una nueva mentalidad. El concepto tradicional de cultura ha sido superado. Más allá de los elementos tecnológicos y softwares disponibles y venideros, el hecho más importante oscila entre la recreación del mundo en base a los contenidos creados por el ciudadano y una nueva forma de explicitar la participación y la colaboración. En este punto podría citar, reverenciar, aplaudir, incluso pegar parrafadas enteras de Cultura libre, libro que Lawrence Lessing publicó en 2004. Me abstengo no por ganas, sino por su accesibilidad y disponibilidad: antes de copiar y pegar en este humilde blog parrafos del citado libro, les invito a descargárselo. Es cultura libre.

No lo cito porque también quisiera expresar otra idea que redondea el entramado: la accesibilidad es una reacción contra el poder, en unos tiempos en que la industria, anacrónica y enquilosada, creía tener la patente sobre todos los hechos culturales. Esto no quiere decir que los creadores no deban obtener beneficios por su trabajo o que los productos culturales hayan de ser gratuitos por decreto. Sin embargo, la accesibilidad también está relacionada con una economía descentralizada, lo que Chris Anderson, editor de la revista Wired, ha llamado Free economy. Radio Head sería un ejemplo de descentralización de los beneficios monetarios. Precisamente, la monetarización ya no actúa sobre su producto principal, en este caso sus últimas canciones recogidas en formato digital, sino sobre la ganancia que les reporta su accesibilidad para el auditorio o el usuario.

¿Es lo gratis una nueva ganga en un universo digital congestionado por modelos obtusos? Diremos que no, pues la liberalización de la cultura ha permitido la adopción de nuevas ideas de un mundo futuro que ya no podría regirse por industrias decifitarias en las que su máxima no sería otra que subir los precios con costes tan abstractos que casi apelan a la tomadura de pelo. La industria discográfica es el ejemplo que nos vienen a la mente y mejor representa ese modelo. Liberalización contra usura, accesibilidad contra dogmatismo económico, colaboración contra elistismo... La vida sigue funcionando, pero la vida es ya distinta.

 
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