Archivos de arqueología cultural: fanzines

Archivos de arqueología cultural: vinilos

domingo 27 de noviembre de 2011

drama y felicidad de la cultura teddy boy





En 1996, el fotógrafo y cineasta Bruce Weber realiza un cortometraje sobre la cultura Teddy Boy, The Teddy Boys of the Edwardian Drape Society. En apenas cuatro minutos concentra todo el enigma vital de esa subcultura contraponiendo felicidad y drama, los subterfugios más primarios del estilo alternándose sobre aquella otra parte que, según entiende Weber, compromete al colectivo en una idea de la muerte heroica. La manera de mostrarlo tiene mucho que ver con los recursos que ya había utilizado en la película-documental Let's get lost (1988), un acercamiento subjetivo y personal a la biografía de Chet Baker, donde más que documentar la vida del trompetista busca la exigencia de una reescritura de los emblemas del jazz a través de sus propios filtros culturales.

En The Teddy Boys of the Edwardian Drape Society los hechos estéticos son subvertidos por la música de fondo, la emblemática interpretación que Maria Callas hizo de O mio babbino caro, de igual forma que en el trasfondo sonoro se introduce un elemento fundamental en la vivencia del estilo: la locomoción (coches, motos) es el modelo estético de la vida, pero también el vínculo que lo aprisiona en la tragedia. El relato se inicia con el sonido del motor de una moto. Este se va difuminando para dar paso al aria interpretada por Maria Callas, momento en que Weber escenifica una historia de amor y muerte utilizando los signos definitorios de una subcultura.


viernes 25 de noviembre de 2011

el viaje como catarsis, los sueños como acontecimiento




Si la vida cotidiana simboliza la permanencia en un presente continuo construido de retales futuros e insignias del pasado, de pautas estandarizadas y estrategias que reafirman el pensamiento colectivo a través de rutinas y escenarios familiares consensuados por el grupo, el viaje es el eje por el cual tiempo y espacio quedan suspendidos en un lugar aún más ignoto de nuestra psicología. Tanto el destino turístico como la forma de constituir la aventura en el viaje parecen más bien mecanismos que permiten confrontar la realidad y los deseos. En el viaje, el presente existe tan sólo como una prueba de aquello que hemos dejado atrás, aunque sea momentaneamente.

La pregunta de fondo es siempre la misma. ¿Qué nos motiva a trasladarnos a lugares más o menos remotos, a iniciar un trayecto del que no sabemos si regresaremos indemnes? ¿Que nos hace fijar la aventura (en cualquiera de sus modalidades) como un aliciente vital a pesar del riesgo o las inclemencias? La respuesta más evidente suele estar relacionada con una necesidad congénita de desconectar del mundo circundante. Esa desconexión precisa de elementos físicos (visitar otros paises, subir una montaña, atravesar un río caudaloso, etc) y simbólicos (la propia idea de tomar distancia de la propia realidad cotidiana). Independientemente de sus características, un viaje es siempre una catarsis en la psicología del sujeto. Por una parte, las agencias de viajes y el itinerario turístico apelan a formas estructuradas de viaje, intentando minimizar el riesgo sin renunciar a la vez a esa salida de la realidad efectuada por el turista. Por otra, la aventura (como concepto vinculado al viaje) puede estar asociada a acciones deportivas arriesgadas, pero también a la incertidumbre, a lo inesperado, figuras psicológicas desprendidas de las rutinas y ceremoniales diarios. En ambos casos hay una pérdida voluntaria de realidad, pero al final también hay que estar preparado para el regreso.

Este post está patrocinado por Etap Hotel.

jueves 24 de noviembre de 2011

branding-art (en javier reguera studio)




Synd.Trends es un servicio ofertado en mi estudio profesional sobre tendencias, investigación de mercados y coolhunting. El servicio está dividido en dos partes: una versión online a la que se puede acceder a través de la web, y una versión premium en formato PDF (informe-estudio sobre cada tema tratado en v.online). Synd.Trends (ambas versiones) analiza y desarrolla tendencias contemporáneas relacionadas con fenómenos de consumo, cultura digital, targets emergentes, etc. El servicio está ya disponible, y en las proximas semanas se irán incluyendo nuevos aportes temáticos. La serie se inicia con Brandig-Art, termino que acuño para definir la inserción de las marcas en el sistema del arte.

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La frontera que delimitaba comunicación de marca y arte se está viendo diluida hoy en día por una nueva concepción del marketing.

No hablamos de publicidad creativa. Esta ocurre de modo indeterminado, difuso, sin una plena conciencia de lo que ha de entenderse por publicidad artística. Su comprensión es meramente subjetiva. Más bien nos referimos a la integración de una marca en el sistema del arte contemporáneo, integración voluntaria que termina por definir aspectos fundamentales de su imagen y estrategia. El arte, desde diferentes frentes y propuestas, invade el terreno de la comunicación de marca, y viceversa.

Podemos rastrear esta tendencia y comprobar que no es algo nuevo. El Pop-Art ya había mostrado la convergencia casi-natural entre arte y consumo. ¿Y si le damos la vuelta a esa visión para certificar que el universo del consumo representado por muchas marcas también ha encontrado vías distintas de acceso al arte?. No de otra manera, Andy Warhol pinta en 1985 la primera obra para la Absolut Art Collection. Tomando como excusa la botella de Absolut la colección consta en la actualidad de más de 800 piezas únicas (y originales), aportación de artistas como Keith Haring, Louise Bourgeois, Jean-Michael Basquiat, Douglas Gordon o Dan Wolgers, entre otros tantos. El arte se pone al servicio de una marca para construir la iconografía de un producto que funciona tanto en las vitrinas de los museos de arte contemporáneo como en la publicidad.

Seguir leyendo en Javier Reguera.Studio

martes 22 de noviembre de 2011

Kraftwerk Sng 1978 Die Roboter



Die Roboter is a single by the influential German electronic music pioneers, Kraftwerk, released in 1978. The single and its B-side, "Spacelab", both appeared on the band's seventh album, The Man-Machine (1978). However, the songs as they appear on the single were scaled down into shorter versions.

The cover design imitates the graphic style of the 1930s Modernist movement, particularly that of the designer/architect El Lissitzky, whose inspiration is acknowledged in the album credits. The rear cover of the album is actually an adaptation one of his geometric page designs for a children's book, From Two Quadrants (specifically, the upper right quarter of the page captioned "And on the Black was established Red Clearly").

Datos extraidos de Wikipedia.


Kraftwerk Sng 1978 Die Roboter
Ver también Kraftwerk Sng 1981 Computer love / The model

lunes 21 de noviembre de 2011

el rrollo, descripción ontológica de una generación



Dos libros (Jesús Ordovás 1977 y Diego A. Manrique 1977) que fijan, desde diferentes puntos de vista, la fenomenología de El Rrollo en la España de los 70, atendiendo a las formas contraculturales que habían ido apareciendo desde finales de los años 60 hasta la eclosión del comic underground barcelonés representado por los dibujantes de El Rrollo (Nazario, Mariscal, Miguel y Josep Farriol, Antonio Pamies, Roger, etc) y revistas como Star, Ozono y Vibraciones, y se iría propagando a través de la música y la incorporación de las bifurcaciones subculturales del punk y el rock suburbial (Burning, etc). Recurrir a la socialidad proporciona una expresión de visibilidad que habría de conformar una salida al desencanto político de la Transición Democrática. Esto quiere decir que la fenomenología de El Rrollo se construye a partir de las transformaciones de una parte de la juventud altamente sensible al cambio sociopolítico de la Transición y su deriva ideológica.

La droga como fuente de hedonismo y bálsamo sociológico, el distanciamiento de la política, la reclusión vital en el universo del rock, difunden en el espacio urbano nuevas tipologías juveniles: el drogata, el pasota y el macarra se enmarcan en la disyuntiva de un límite que no había sido explorado con anterioridad: la marginalidad como elemento contracultural. De tal forma que la definición de El Rrollo, tal como se procesa en la segunda mitad de los años 70, ofrece una escapatoria a las convenciones de una sociedad que empezaba a aclarar su modelo social de una manera poco satisfactoria para una parte de la población. Xaime Noguerol, poeta que habría de ser recuperado y recolocado a una altura elevada en las poéticas transicionales, escribe dos libros sintomáticos desde una vertiente irracionalista-punk. Irrevocablemente inadaptados: crónica de una generación crucificada (1978) muestra la deriva de una generación que había vivido los coletazos del franquismo y encuentra, llegados a la escena predemocrática, el derumbe de las utopías y las fisuras de los modelos utópicos de convivencia.

infinitamente extranjeros
irrevocablemente inadaptados
se perdieron por los anillos brumosos de sus mentes

mi generación tiene calcinados los ojos de tanto gemir

le empujaron una alambrada por los párpados
y alguien introdujo horizontes postizos

mi generación anda dando bandazos
dando bandazos
con los ojos de no entender

y Bob Dylan tiene un erizo en la garganta



Las referencias a Allen Ginsberg y su poema Aullido rezuman en los versos de Noguerol como un manifiesto que no necesita ser contrastado más que por el desconcierto de una quimera incumplida. En su siguiente libro, Extraños en el escaparate (1980), Noguerol investiga los prolegómenos de una década que acaba de iniciarse, exhumando el repertorio-collage de un futurible aún más extraño. El libro acude a la cita musical (Burning, Lou Reed, Radio Futura, Patti Smith, etc), al lenguaje periférico y la jerga suburbana, a la expresividad difusa de la emergente Nueva Ola, para abastecer con nuevos mobiliarios el entramado ideológico de la generación siguiente a partir de los vestigios de la generación de los 70. En el centro de esa narratividad entre dos décadas, los estragos de la aguja y la drogadicción como una herencia irreversible que ha de ser transmitida con toda su crudeza. Noguerol recoge así un relato sobrecogedor, el fragmento de una carta de una chica junkie a parecida en (la revista) Sal Común:

Muero como mata esta sociedad, sometiéndome completamente, perdiendo mi última batalla. Quizás mi tentativa sea un último intenti desesperado de rebelión, todavía más terrible porque muero de los rechazos de esta sociedad. Estoy cansada, muy cansada, pero como la esperanza fue lo último en el vaso de Pandora, espero por esta inútil carta que mi muerte y la de tantos otros os sirva para comprender: daros cuenta que nos estamos precipitando en el caos más total, es inútil chillar, llenarse la boca de palabras sin sentido. Nos estamos destruyendo, así como yo me destruyo, como nos destruimos nosotros, hijos renegados de esta sociedad. Pensad también vosotros un instante antes de seguir aturdiéndome con vuestras infinitas palabras y dejadme tranquila en el calor bueno de la heroína.

El discurso sociológico de El Rrollo compone asi un relato de filosofía negativa (en el sentido dado por las vanguardias y otros movimientos culturales limítrofes) que parte de una comunicación contestataria abierta a nuevas formas de expresividad (música, comix, estilos vestimentarios, subcultura, la droga como fuente de utopismo), pero en su reverso se produce una dislocación apenas calculada que tendría consecuencias para toda una generación, aquella que vivencia en primera persona los resultados aún silenciados (ocultos) de la Transición Democrática en España.

domingo 20 de noviembre de 2011

baazar de la posmodernidad




Las revistas de vanguardia han tenido en España una tradición consolidada desde que Ernesto Gimenez Caballero creara La Gaceta Literaria (1927-1932) como un espacio capaz de rebasar los límites de lo periodístico para construir un contexto sociocultural particular. De vanguardia no sólo porque se hallara inscrita a los movimientos vanguardista históricamente tipificados, sino por su voluntad de redefinir los objetos culturales de la época. Muchas otras revistas pertenecen a esta categoría, y en la España de la Transición Democrática (y los años 80) hubieron unas cuantas que intentaron poner al día algunos aspectos del dietario vanguardista. Star (1974-1980) tuvo su flujo constructivo en los espacios del underground barcelonés y La Luna de Madrid (1983) definió la síntesis conyuntural de la Movida Madrileña desde el flujo de la posmoderidad. Uno año despues de su salida, en 1984, aparecía otra revista de enorme relevancia para la consolidación de los espacios culturales que se había ido fraguando desde finales de los 70: Madrid me Mata (1984-1985, dieciseis números en total).

Oscar Mariné
diseña y dirige una revista que actúa como catalizador de anonimatos y presencias públicas, es decir, buscando en el espacio urbano (Madrid) las señas de identidad de una modernidad rebasada a través de figuras que funcionan como emblema. Esta misma función ya la había llevado a cabo La Luna de Madrid, con la diferencia de que en ésta se intenta hacer una idetificación ad-hoc entre algunos artistas y el contexto que pretende definir acotando psicologicamente la perspectiva del auditorio. Madrid me mata es en ese sentido más abierta, proporcionando una visión más amplia y quizás abstracta del acontecer sociológico de la posmodernidad. Su punto de partida, sin embargo, hemos de encontrarlo en el propio diseño y maquetación de la revista, que acuadala referecias distintintas, más o menos visibles, encontrando en la revista inglesa I-D (nacida como fanzine) una referencia totalizadora.



Diferentes ejemplares de ID entre agosto 81 - marzo 83

No hay más que comparar algunas de sus portadas para extraer similitudes estéticas y gráficas, de tal forma que Madrid me mata intenta desde sus principios estético-ideológicos situarse en el frente vanguardista para reinterpretar el aire de época tal como lo estaba llevando a término, por otras vías, la revista I-D. A otros niveles ambas revistas no aguantarían enmienda comparativa alguna. Sus objetivos e intereses son dispares, al igual que la manera de abordar una definición del espacio cultural. Ambas parten del contexto urbano, pero si I-D lo expone desde la salida a superficie de las diferentes expresiones de las subculturas juveniles y su capacidad para reinventar el concepto de moda, Madrid me Mata busca la mirada poliédrica y hedonista, a veces para estrechar relaciones dificiles de asimilar y otras para confeccionar su propia idea de ciudad cultural. También La Luna de Madrid estaba operando con esa idea bajo la pretensión de unificar ciertos embites de la tradición y las embestidas de la modernidad, pero Oscar Mariné, más proclive a la estilística, volcaría su energía en abastecer las páginas de Madrid me Mata con proteinas de diseño y grafía que servirían a la vez como un ejercicio de estilo, un campo de experimentación personal e inequívoco.



Sin que esto haya de suponer un vislumbre traumático, Madrid me Mata propone un tipo de revista practicamente inédito en España que da prepoderancia al papel comunicador de lo gráfico por encima del contenido literario. En este sentido, rompe la tradición editorial procedente de los 70 (Ajoblanco, El Viejo Topo, Ozono, Disco-Expres, etc) a partir de una elasticidad estética que modela los contenidos en beneficio de lo gráfico. El diseño y la maquetación se convierten en comunicación pura, enfoque que Mariné desarrollará en los años siguientes a través de su trabajo como diseñador gráfico. El valor de esa ruptura incide sobre el hecho de que el propio contexto sociocultural de la denominada Movida Madrileña, que en los años 84-86 inicia un proceso de desplazamiento hacia el mainstream cultural, reclamaba una sintesis visual, ya proclamada en las páginas de La Luna de Madrid.

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Madrid me Mata puede ser entendida entonces como un baazar en el que lo importante no es tanto los temas (vistos aisladamente) como la variedad de los objetos expuestos en sus estanterías (vistas en conjunto). La participación de otros elementos catalizadores, tales como Moncho Alpuente (letras), Jordi Socias (fotografía) o Juan Antonio Moreno (diseño), entre otros, termina por darle a la revista un matiz de pluralidad estética más amplio.

Nota | El No.4 de la revista 200 días en Sing-Sing, de próxima aparición, dedicará atención al repaso de las revistas que confluyeron en el cambio cultural de los años 70 y 80 en España.







lunes 14 de noviembre de 2011

honda, un instante en el viento


La cultura de la locomoción, al menos en lo que respecta a la transmisión de determinados mensajes, está cambiando. Los objetivos de la comunicación publicitaria se están desplazando de manera generalizada: el producto no es tanto una relación de características técnicas como el conjunto de sensaciones percibidas a partir de la construcción cultural de la marca a la que representa. En el sector del automóvil este hecho ha tenido mayor relevancia, forzando a las marcas a deslizar su posicionamiento hacia aspectos plenamente conectados con una idea de la vivencia concreta. No es casualidad que la campaña de Think Small (1959), de Volkswagen Beetle, haya sido considerada la mejor campaña publicitaria del siglo XX: su impacto se localiza en un cambio de mentalidad en la percepción del consumidor, en un momento en que el conductor medio norteamericano vinculaba la calidad del automóvil a la grandiosidad. Ese desplazamiento publicitario provoca un replanteamiento alternativo en la constitución de los estilos de vida.

La nueva campaña de Honda retoma el sentido de la vivencia y el disfrute a partir de una composición visual fija, pero móvil desde la perspectiva de la locomoción. No hay referencia alguna al vehículo o al paisaje circundante, ni intuimos siquiera lo que sucede en el interior de ese vehículo. Tan solo sabemos de la fricción del viento en la cara de un perro. Y esa imagen nos identifica, tanto si nos situamos en la parte del conductor como del pasajero. ¿Quien no ha sentido una sensación de libertad, incluso de intemporalidad, al asomar la cabeza por la ventanilla de un coche? Esa imagen ofrece un pedazo de nosostros mismos. Se aleja de cualquier fórmula de confrotación, es decir, no apela a un tipo de cliente o usuario concreto, desvinculándose a la vez de la idea de sofisticación que ha rodeado la publicidad en el sector del automóvil. Nos obsequia con un instante preciso, único, vital. Quizá por ello esos 15 segundos no son más que el inicio de una gran historia.

Post patrocinado por Honda.

domingo 13 de noviembre de 2011

el ideal figurativo




Breve extracto de La Luna de Madrid: la expresión periodística de la movida madrileña y la formación iconográfica del cambio cultural a principios de los años 80. El texto completo, compuesto por 171 folios y un apéndice visual, es el resultado de una investigación llevada a cabo en el Departamento de Historia Social y del Pensamiento político de la Facultad de Sociología y Ciencias Políticas de la Uned. Ese texto es la base de un ensayo más amplio sobre el que estoy trabajando en la actualidad.


A principios de los años 70 (en españa) se empieza a percibir una crisis de las vanguardias y, correlativamente, un regreso a la pintura motivado principalmente por la agrupación de varios pintores bajo la denominación de Nueva Figuración madrileña (Guillermo Pérez Villalta, Carlos Alcolea, Rafael Pérez Minguez, Chema Cobo, Carlos Franco, entre otros), tendecia que marcaría uno de los caminos a seguir en el contexto de la movida madrileña. Un arte, por otra parte, que se alejaba de posturas ideológicas concretas y se acogía sin complejos a una despolitización generalizada, prestando mayor atención a aspectos de la vida moderna, la vida cotidiana en entornos urbanos, la representación de la juventud o los nuevos valores juveniles basados en el hedonismo. La nueva figuración ejemplificaba cómo la pintura iba a reorganizar parte del campo del arte español de los 80 por mediación de una disputa, si se quiere simbólica, que enfrentaba el papel ideológico de las vanguardias y el esteticismo de la pintura figurativa. Los aires de posmodernidad ya se habían hecho patentes en la pintura de Pérez Villalta desde mediados de los años 70 por medio de una recuperación de la tradición pictórica, el clasicismo en la representación y un historicismo que pretendía alzarse con el papel continuador de la modernidad.



Mientras la pintura volvía a mirar al pasado para rastrear modelos figurativos, su despolitización venía a cumplir un deseo no explícito de olvidar las vanguardias. Según explica Alberto López Cuenca, “es cierto que la pintura presuntamente despolitizada ocuparía el primer plano artístico en los 80, pero no como vanguardia del devenir artístico, sino como el producto más cotizado en el mercado del arte”. Desde las propias páginas de La Luna de Madrid se exclamaría: La vanguardia es el mercado, en referencia a la ascensión de Miquel Barceló en el mercado internacional del arte.

Al menos durante su fase de mayor esplendor, la pintura enmarcada en el contexto de la movida parte de tales supuestos estéticos y mercadotécnicos, con el añadido de que su procedencia original mayoritaria no habría que buscarla unicamente en los propios círculos del arte, sino en las revistas de cómic. Esta cuestión no ha sido tratada en los textos y estudios sobre el tema, siempre focalizados en la escena musical. No obstante, nos parece fundamental en cuanto que define a la perfección el contexto, un sentido interrelacional, abierto y sin complejos, de los diferentes ámbitos artísticos. En este caso, la evolución estética de dibujantes-pintores como Ceesepe, El Hortelano, Javier de Juan, etc. se puede determinar en su tránsito de las páginas de las revistas a su exposición pública en algunas galerías de arte (Buades, Fernando Vijande, Galería Moriarty) que habían apostado por la introducción de valores creativos no expresamente instalados en los cenáculos del arte y la pintura. En consecuencia, la adopción del lienzo, formatos y técnicas más apropiadas al hecho pictórico terminaría por mantener un hilo conductor estético y productivo entre la ilustración, el cómic y la pintura, favoreciendo a la vez una contaminación (no en un sentido peyorativo, sino como resultado de la interdisciplinaridad característica de la época) de las artes gráficas en el campo del arte.




Pérez Villalta será igualmente asociado a ese contexto por una obra que, desde mediados de los años 70, había optado por refundir tradiciones bien distintas en un marco cultural historicista y manierista. Los Costus (los pintores Enrique Naya y Juan Carrero) conjugaron tradición y modernidad en un modelo pictórico basado en la mezcla de dos lenguajes sociales distintos colocados en un mismo enunciado, lo que Mijail Bajtin había llamado, en su Teoría y estética de la novela, hibridación. Tal concepto se convertirá en una constante definitoria de los supuestos postmodernistas que irían tomando forma en el contexto de la movida madrileña a través de la producción cultural de bienes de consumo.



Es también un momento en el que el arte busca su mercado, un espacio mercantil donde difundir las obras y afianzar una fuerza productiva. La feria de Arte Contemporáneo (ARCO), planteada como un espacio comercial, surge en 1982 ante la necesidad de construir un mercado nacional capaz de abrirse a vías internacionales, pero también como un espacio cultural capaz de aportar nuevas audiencias al mundo del arte. Aún así, siendo su máxima prioridad la práctica del coleccionismo y la creación de ese mercado, en ARCO prevalecería, desde sus inicios hasta hoy en día, un efecto mediático que lo ha ido convirtiendo en un evento cultural multitudinario compuesto por audiencias heterogéneas. También en 1982, el PSOE había presentado un manifiesto, Por el cambio cultural, en el que se diseñaba una política cuyo objetivo se fijaría en la constitución de la infraestructura necesaria para dar salida a un mensaje cultural nuevo: “la recuperación de la capacidad de nuestro país para aportar su voz a las corrientes culturales del mundo”. Al año siguiente, 1983, se crea el Centro Nacional de Exposiciones, institución ocupada en difundir las artes plásticas contemporáneas, y el Programa Español de Acción Cultural en el Exterior, que se encargaría de organizar exposiciones de arte español contemporáneo, como Caleidoscopio español: Arte joven de los años 80 (1984). Cualquier manifestación artística empezaba a adquirir no únicamente una presencia mediática, sino también un considerable protagonismo en el espacio público con el apoyo de las instituciones.


Obras. 1) Guillermo Pérez Villalta, Personajes a la salida de un concierto de rock, 1979. 2) Juan Antonio Aguirre, El merendero, 1981. 3) Guillermo Pérez Villalta, Interior madrileño, 1978. 4) Cristóbal Bellver, Casa para una peluquera, 1980. 5) Sigfrido Martín Begué, Cibeles, 1985 6) Miquel Barceló, Funish dreams, 1984. 7) Costus, Piedad (El Valle de los Caidos), 1981. 8) Ceesepe, Clase de baile en la plaza de Kolsosmoskaya, 1982. 9) Ferran Garcia Sevilla, Paraiso 61, 1985. 10) El Hortelano, Vestido telefónico, 1980

viernes 11 de noviembre de 2011

caramelo de limon. 11.11.11


Vainica doble. Caramelo de limón

jueves 10 de noviembre de 2011

la silla disfuncional



Kouichi Okamoto, Composition chair, 2009 | Michel Bussien, Growing chair, 2009 | Nina Bruun, Nest chair, 2010

La silla disfuncional no expresa únicamente la imposibilidad del sistema capitalista globalizado para encontrar la manera más idónea de sentarse, es también el síntoma contemporáneo de algo más volátil e inquietante: tras esa incapacidad, la belleza de las formas nos precipita hacia una exaltación de la inutilidad. Ante la suma creciente de una tendencia que simula la conciliación entre forma e innovación, la silla disfuncional se alza como pura materia especulativa. Entre la función y los valores supremos del arte por el arte hay un momento en que el diseño de interiores, recipiente arquitectónico de los discursos del neo-capitalismo de finales del siglo XX, se convierte en un referente de lo cool a la vez que succiona todas las metáforas sobre la jaula de cristal de Max Weber (una sociedad racionalizada bajo la forma de una burocracia) para transformarla en la envoltura preferente del sistema perceptivo del sujeto. Si le damos una segunda oportunidad a este principio, la silla disfuncional reformula el pensamiento del liberalismo radical en la dirección de una estética amorfa, es decir, en estructuras que pueden amoldarse a cualquier discurso político, estilístico o moral.

Los años 80 (del siglo XX) preescriben el instante en que el diseño industrial adquiere una autoridad sin precedentes en el campo del arte. Ya iniciado el nuevo milenio, su evolución repara asimismo en su pericia para integrarse en un sistema financiero al que reporta cierta legitmidad estética. ¿Podríamos hablar del diseño industrial (metabolizado por las patentes de la originalidad a cualquier precio) como el soporte filosófico-estético de ese sistema? En comparación con el uso que las vanguardias históricas habían hecho de la idea de originalidad y su proclive desprecio por una concepción mercantil del sistema del arte, idea que parece apoyarse en una experiencia maximalista de la critica cultural, el siglo XXI difumina los limites entre arte, industria y utilidad, y refuerza la atracción de lo sensorial como mecanismo de consumo. El ejemplo de la silla disfuncional aporta tan solo algunos elementos minúsculos de ese gobierno, pero en ella se detecta un proceso de inversión mercantil: el sujeto es consumido por el objeto. Es el individuo quien ha de adaptarse a un nueva aerodinámica.

Ese hecho, en apariencia nimio, tiene consecuencias quizá irreparables sobre lo que había supuesto el confort desde los años 50. La vivencia sensorial del espacio alcanza su culmen expresivo en detrimento de una habitabilidad más prosaica pero capaz de armonizar, al mismo tiempo, el cuerpo y los objetos. El diseño se convierte en un fin en sí mismo, de la misma manera que el capitalismo global no precisa más legitimación que su propio alarde expansivo. No hay corroboración o desgaste. No hay comparativas. Diseño y capitalismo se funden en una misma retícula política-cultural abstrayéndose de las necesidades del sujeto.

La forma (pulida desde los criterios de la originalidad) es la excusa que argumenta una necesidad improbable. En ese transcurso, el diseño neoliberal representado por la silla difuncional emerge bajo un codigo nuevo: el objeto pierde su referente inmediato, en el contexto de un sistema financiero por el cual el dinero ya no exige correspondencia física alguna.





Olivier Gregoire, Tapisofa, 2006(?)
Satoshi Itasaka, Ivy chair, 2009(?)
Eerang Park, Bloom chair, 2010(?)
Marc Newson, Wood chair, 1988
Brent Cordner and Dave Kral, In The Round
Fernando and Humberto Campana, Anemone chair, 2001

martes 8 de noviembre de 2011

dublin-up (II)







Fotografías: Javier M. Reguera + Dublin-up (I)

lunes 7 de noviembre de 2011

ain't got no, I got life





Julie London > Mad about the boy
Bill Henderson > Easy on the heart
Shirley Horn > Lonely town
Johnny Mathis > Misty
Nina Simone > Wild is the Wind
Shirley Horn > A kiss from you
Nina Simone > Ain't got no, I got life

domingo 6 de noviembre de 2011

parafernalias del espia (tiempos de corrosion)



La primera consideración a tener en cuenta sobre el espionaje es que la apariencia redunda en su militancia * Quién es quién en la escenografía del belicismo indagatorio, en la trama de un saber opaco, importa tanto como aceptar la mentira del contrario * Todo espía ha de negarse como sujeto de conocimiento sin renunciar a una metodología de la vigilancia y la observación * El saber del espía se concentra en las posibilidades de penetrar en el cuerpo enemigo: falsear su identidad para detectar las maniobras y descubrimientos de un enemigo que se falsea a sí mismo * ¿Cómo es posible el camuflaje? Si el espía es el individuo irreconocible, entonces sólo puede presentarse bajo la figura del desaparecido * En su representación extrema, el desaparecido padece la enfermedad crónica de un esquizofrenico. El agente doble usurpa su identidad en beneficio de su lucro (im)personal * Si el secreto de identidad mantiene al espía bajo la representación de una apariencia perpetua, sus relaciones públicas se basan en un habla engañosa que impregna todo el campo social. La persona se oculta a sí misma y oculta a los otros * El espía se comporta como si su trabajo de investigación chocara constantemente con las normas éticas de la investigación científica * Tanto el secreto de identidad como el secreto de información y, por tanto, su revelación, entra en conflicto ético, social y personal con la conjunción de roles normalizados. La esquizofrenia del espía, más la del agente doble, impone una ética impropia, polémica. Vivimos una época (política y económica) de espionaje. Tiempos corrosivos donde nadie sabe que su contrario ya se ha sumado a la escena.

 
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